Poesía Digital

Vibrar la vida

Susana Benet, Faro del bosque, Pre-Textos, Valencia, 2007.

"El haikú fue una crítica de la explicación y la reiteración,
esas enfermedades de la poesía; el renga es una crítica del
autor y la propiedad intelectual, esas enfermedades de la sociedad".
Octavio Paz, “La tradición del haikú”

El hecho de que Susana Benet, hasta donde he podido saber, sólo haya escrito haikus, sugiere una voluntad de estricta adopción de la poética japonesa que, en su caso, se manifiesta en la aceptación de la pauta silábica 5/7/5, seguida con especial celo, y en un recuento léxico que evidencia una tópica haikista asimilada plenamente: jardín, estanque, lluvia, fuente, pájaros, sol…, en la que prevalecen asimismo los sustantivos. Susana Benet, se puede decir, no adopta el haiku, como hacen tantos otros, al caudal de su creación poética, por otra parte casi inexistente hasta el momento, sino que encuentra en él el más acertado modo de expresarse. En este sentido, hay que hablar de una poesía fundamentalmente introspectiva, muy acorde al tipo de poesía que hoy día se está haciendo y al agitado mundo que lo circunda. Los poemas de Faro del bosque son desiguales, aun cuando conserven el aliento haikista que se respira en toda la obra. En algunos de ellos explicita demasiado, no sugiere, no permite al lector participar en ese libro de viajes que puede ser todo libro de haikus. Queda así, en estos casos que señalo, una muestra de fogonazos de belleza que resultan, en su plasmación poética, más una ocurrencia verbal que auténtica realización haikista.

En los poemas de Susana Benet se siente vibrar la vida. Naturaleza y hombre estrechamente enlazados en una poesía fundamentalmente plástica, pictórica. Cuadros en movimiento, porque lo que aquí se expresa es la vida fluyendo: Calle arbolada. / Siento correr la savia / bajo el asfalto.; y en este aspecto vemos que es donde también la autora se aleja del haiku clásico japonés. Benet presenta el instante que está siendo y se va, certifica el paso del tiempo: Qué pequeño es / ahora aquel cuarto grande / de mi niñez. El haiku japonés, sin embargo, fija ese instante como un entomólogo clava en el cuaderno sus insectos. La autora lo sabe y también nos da muestras, en algunos de los poemas, de este modo de proceder: En mi balcón, / recogido jardín, / soy flor, soy pájaro.

La tradición del haiku evidencia su operatividad en tanto que ámbito de realización espiritual, ya en su origen japonés estrechamente vinculado al budismo zen, y después con una prosecución en Occidente que lo asimila y lo adapta a la poética y a la retórica de la Modernidad con diversísimas manifestaciones: por su similitud con formas tradicionales tales como la seguidilla o la endecha; por constituir un elemento más de novedad para la poesía que se está dando en el primer tercio del siglo XX; por ofrecer, por tanto, otro elemento más de realización poética; y, finalmente, como inclusión contracultural en corrientes ideológicas tales como las que propició la generación beatnik norteamericana. Tal vez, hoy día, nos hallemos muy lejos del espíritu o de los distintos espíritus que motivaron la recuperación de la experiencia vital y psíquica del haiku. Piénsese, por ejemplo, que la naturaleza, tanto para la tradición taoísta como para el budismo zen, es el lugar de encuentro del sujeto y el objeto, es el espejo donde mirarse; que la realidad está ahí, es la misma para todos, pero su significado sólo es visible para quien sabe y está capacitado para verlo. Además, este tipo de literatura surge más del hallazgo que del oficio y, para ello, hay que haber educado el propio ser para que permita esta experiencia extraordinaria.

Lo que caracteriza al haiku es la esencialización de la sensación perceptiva del instante, de lo que está sucediendo en ese momento, con una proyección mínima de la personalidad del autor. El haiku es, por esta razón, poesía breve, poesía sugeridora que si explicita demasiado pierde su cualidad expresiva. Quizá sea este aspecto, el de sugerir, el que haya dificultado, y siga impidiendo, la adecuada adaptación de este género a la poesía occidental. El haiku es un poema que invita al lector a participar, le da los elementos necesarios para que sea él el que saque las consecuencias. No en vano, en sus orígenes, los haikus eran compuestos entre varios. Tal vez en lo no dicho esté la poesía. Fue Fernando Rodríguez-Izquierdo quien, en su clásico estudio El Haiku japonés, poniendo de relieve que es el presente lo que se poetiza en el haiku, puso en la pista de que “el haiku occidental debe construirse predominantemente a base de verbos en formas no personales –infinitivo, gerundio y participio-, y de estilo nominal”. Por otra parte, el haiku suele presentarse bajo dos polos de tensión, de fricción, que se ponen en relación y de la cual surge una consecuencia, que normalmente no se explicita. En este sentido se detecta dos fases en la ejecución del haiku: una descriptiva de la realidad y otra interpretativa de la misma. Del mismo modo se generaliza que la segunda fase sea cerrada con una palabra, sintagma u oración cortante sobre la que recaiga el carácter revelador del sentido del poema. Octavio Paz se refiere a la segunda parte llamándola de “inesperada” para poner de relieve que se trata de un arte “no intelectual, siempre concreto y antiliterario”, aunque contenga ese poco, o mucho, de poesía “capaz de hacer saltar la realidad aparente”.

Termino con unas palabras de Norberto de la Torre que hacen balance del estado actual del haiku en nuestra lengua, y sirven para hacer valer la singularidad de Susana Benet: “Antes de concluir debe advertirse que la poesía sintética y en especial el haikú, son cultivados por infinidad de poetas y escritores, de distinto nivel de talento y dominio del oficio, desde principiantes hasta verdaderos creadores con capacidad de asumir y resolver los riesgos del poema. Si quisiéramos hacer una recopilación del haikú, de los últimos cincuenta años por ejemplo, el material recogido daría para varios tomos gruesos. Sin embargo, de la infinidad de haikús escritos, la mayoría son fallidos o no pasan de ser simples juegos de ingenio, difícil es salvar uno o dos de cada centenar, a pesar de todo, constituyen un testimonio de actividad poética que no puede desdeñarse y, entre todos ellos, tal vez encontremos algunos que sirvan para levantar una capa más de la cebolla, para dejarnos ver un poco más del universo.”

José Manuel Pons