Poesía Digital

Aire de pueblo

Julio Mariscal, La mano abierta (Antología), Renacimiento, Sevilla, 2007.

El prólogo a esta antología es un texto emocionado. En él, Pedro Sevilla, paisano y discípulo del poeta Julio Mariscal (Arcos de la Frontera, 1922-Jerez de la Frontera, 1977), recrea varias escenas en las que se cruzó con su maestro. Pero, como quien no quiere la cosa, también nos da los pocos datos necesarios para encararnos con la obra antologada. Se nos avisa de que, aunque Mariscal pertenece cronológicamente a la generación del 50, se mantuvo ajeno a los requiebros del mundo literario; se nos informa de su firme fe cristiana, de su homosexualidad, del conflicto entre ambas; y sobre todo se nos subraya la honda vinculación con su pueblo natal, del que salió muy poco.

La emoción del prólogo no es gratuita: sirve, sobre todo, para preparar nuestra sensibilidad ante la descarga que se nos viene encima. La poesía de Julio Mariscal es conmovedora. Si partimos de que la esencia de la poesía es la emoción, tendremos que admitir que estamos ante una poesía de una extremada pureza.

No desnudez, ojo, que Mariscal es un retórico consumado. Con una fácil metonimia asociamos la retórica con la mala retórica, tal vez porque la buena, por serlo, resulta natural. Natural no siempre es invisible y no lo es en La mano abierta, donde se la ve vibrar en forma de metáforas encendidas, de atinadas aliteraciones, de comparaciones justas y de algún exacto hipérbaton. Si se me permite a mí también una comparación, hablaría del olor del romero para definir esta retórica a la vez agreste y exquisita. Lo importante es que contribuye a transmitir una sensación de verdad, como el mismo Mariscal subraya al hablar de las noches:

Si vieras cuántas noches, Fernando,
cuántas noches de veras
con su luna y sus grillos,
con su negra miseria de ladridos y esquinas
[…]

Julio Mariscal escribe con los pies bien hincados en su circunstancia, y por eso abundan en sus poemas fechas de calendario y horas de reloj y esquinas concretas y días de la semana. Su realidad es su pueblo, y esa raigambre rural queda reflejada ya en muchos títulos: Corral de muertos (1954), Tierra de secano (1962), Tierra (1965) o Trébol de cuatro hojas (1976). Todo se vive sin aspavientos, o sea, sin nostalgias urbanas por un lado y sin el más mínimo esnobismo de alpargata por el otro. Resulta muy ilustrativo compararlo con Miguel Hernández, gran poeta ostentoso de su origen. Lo que en el de Orihuela es viento de pueblo, en el de Arcos es sólo un aire de pueblo. Plenamente asumido y poetizado, desde luego. Para hablar, por ejemplo, de cómo le duele el amor usa esta comparación en mitad de un pasaje muy lírico: como la coz de un mulo (pág. 137); si mira el crepúsculo, descubre la tarde, tan cansada, con tábanos de estrellas (pág. 81) y de la primera adolescencia recuerda la avispa de un ‘te quiero’ (pág. 179).

No se recrea, sin embargo, en el estiércol puro y vivo de vacas. Sabe descubrir también el sustrato clásico que alienta en la vida rústica. El pueblo solo y triste como un verso de Heine (pág. 81), o se espesaba la noche como un vino de siglos (pág. 81), o Agosto era un enorme Partenón de trigales (pág. 150) son versos que ilustran ese legítimo orgullo de quien se sabe fruto de una civilización antigua.

Esa doble visión se recoge en un poema de Tierra de secano del que se extrae —con mucho tino, porque la identificación del poeta con su pueblo es total— el título de esta antología:

El pueblo, ya sabéis:
un puñado de casas, una plaza, una fuente,
una vieja rutina de misas y rosarios,
y luego un horizonte cansado de olivares,
eternos lutos, recuas y canciones;
tres días de verbena para la Cruz de Mayo
y el baile transparente del domingo.
Alguna vez también se muere alguien,
viene el señor Obispo, cambia el Cabo
de la Guardia Civil… En fin, las cosas.
[…]
Pero también el pueblo tiene su espadaña,
su romero, sus niños, sus canciones de rueda,
su leyenda inefable,
[…]
Tendido a la campiña como una mano abierta
[…]

La ambivalencia es acusada en el trato con los demás, tan estrecho en los pueblos. Otro de sus libros se titula Pasan hombres oscuros (1955). Julio Mariscal siente mucho la mordedura de la soledad, pero -con la excepción del poema que cierra la antología, no recogido en libro y el único de la selección del que quizá yo hubiese prescindido- nunca se rebaja a la queja desgarrada contra sus vecinos, al menos en esta antología que recoge sus poemas más logrados, su perfil mejor. La presencia constante de los otros está formalmente recogida en algunos coloquialismos, en la frecuente introducción de diálogos en sus versos y en aquellos poemas que se inician con un “decían” o similar. Unos “otros” privilegiados son los miembros de su familia, especialmente su madre.

Me decía mi madre:
"Ahora los libros que después tendrás tiempo.
Ahora los libros".
Y yo guardaba el corazón sin estrenar, ileso,
por teoremas y batallas.

Las tres, las cuatro y a las cinco en punto
la merienda: su leche con galletas.
Mis hermanos mayores perdiéndose en sus cosas
y el cartero de azul galoneado.
Pero a las seis cruzabas tú, el crepúsculo
te traía de la mano y ya Pitágoras
se empolvaba en mi olvido, y ya las rosas
clavadas en la página y el río
como un lejano, muerto crisantemo.

Eran las seis, cuando las nostalgias,
cuando el andar primero de las sombras,
y tú cruzabas y contigo el mundo
que mi madre quería para luego,
pero que yo llevaba entre los ojos.

La ambivalencia resulta extrema en lo amoroso. En el último libro, el póstumo Aún es hoy (1980) se escriben varios poemas en los que se suplica al amor, al dios-amor casi, que le deje tranquilo. Recuerdan irremediablemente a los célebres versos de Baltasar del Alcázar: Rasga la venda y mira lo que haces, / rapaz; que en esta edad no es hecho honroso / romperme el sueño y las antiguas paces; / desarma el arco, déjame en reposo. Con el amante la felicidad nunca es completa, sobre todo en el estremecido cancionero amoroso que es Tierra. Se le necesita: ¿qué haré con tanta tarde, con tanto corazón, / con tanto barro, / si no tengo tus ojos para alzarme? (pág. 100) Pero se le necesita tanto como se le disimula: que te pueda esconder en un sollozo (pág. 129), tanto como se le rechaza: Tengo que desterrarte de mi voz (pág. 134) y, finalmente, tanto como se le pierde: ¿Para qué, Mayo, dime, si estoy tan solo, tanto, / como ese abandonado papel suelto en la tarde? (pág. 140).

La solidaridad con los otros del pueblo no se limita a los vivos. Muy curioso es su primer libro publicado, Corral de muertos, donde se pasa revista a los nombres del cementerio. La concepción es similar a Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters, esto es, un poema-epitafio por cada lápida, titulado con el nombre del difunto, y dejando que la suma de esos textos vaya restituyendo, a los ojos del lector, el tiempo pasado. A uno le queda la curiosidad de saber si Mariscal tuvo como modelo al norteamericano o no. Sea como fuese, en el libro del español hay más ternura, ningún cinismo y mucha compasión y hermandad con los muertos.

Parece justo acabar la reseña con el primer libro porque el poeta fue fiel durante toda su obra a esa conjunción de sufrimiento (ajeno o propio, ajeno y propio) y de serenidad trascendida, de dignidad. En buena parte por eso, lo mejor de un libro puede decirse de La mano abierta: cuando se lee, encontramos, ante todo, a un hombre.

Enrique García-Máiquez